[SPA-ENG] Diario de un pájaro III | Diary of a bird III

in Scholar and Scribe2 months ago

08/04/2018

Las primeras heladas se están acercando. Las mañanas son cada vez más frías y el rocío cubre las plantas hasta varias horas después del amanecer. Supongo que eso es algo importante para la naturaleza. El momento de resguardarse, de quedarse quieta, de dormir debajo de la tierra o de una piedra, adentro de un mueble viejo, en un rincón entre las macetas. Para mí, en cambio, apenas es algo. Me pongo ropa más abrigada y salgo a buscar leña para la salamandra. Cierro las ventanas y las cortinas. Me quedo en la cama hasta más tarde. Me preparo bebidas calientes. En el fondo se trata de lo mismo: guardarse del frío hasta los primeros atisbos de la primavera. Pero para mí no es un acontecimiento; es solo un fastidio, una molestia más para llevar a cabo lo mismo de siempre: el trabajo, las tareas de la casa, la lucha contra un mundo que se empecina en ensuciar los pisos y desordenar las cosas, en llenar los techos de telarañas y el pelo de grasa, en germinar las plantas que no quiero en los lugares que no destiné para ellas. Al menos en invierno no tengo que cortar el pasto. Esa es la parte buena de las heladas. Es una tarea que me desagrada. Tener que sacar la máquina del galpón, llenar el tanque de nafta y caminar de aquí para allá adecuando la naturaleza a nuestra idea de la prolijidad y la belleza, el pasto como una alfombra, un lugar donde poder recostarse por las tardes y ver las antenas y los molinos, las avionetas pasar una y otra vez, volando bajito, con el tanque lleno de veneno para rociar los campos.
La parte mala de las heladas es que tenemos que proteger a los árboles y las plantas que queremos; algunos porque son muy pequeños, otros porque no están adaptados a este clima. Los cubrimos con una tela antihelada, tanto la copa como el tronco. Es una tarea que nos lleva varios días. Y así pasan el invierno, como fantasmas entre la niebla, apenas iluminados por la luz de la Luna o por las lámparas débiles y lejanas del alumbrado público. A veces quisiera que fueran fantasmas reales. Al menos eso sería algo. O que se convirtieran en zombies y arañaran la puerta. Entonces habría que desempolvar la escopeta, escondernos en el sótano, y pasar la noche en vela, esperando a que derriben la puerta para volarles la cabeza. Pero en este pueblo no pasa nada. Solo los teros chillando cuando me acerco, los chimangos observándome desde lo alto de algún poste, los perros rebuscando comida entre los yuyos.
Hoy se paró el viejo José del otro lado del alambrado. ¿Cómo anda, amigo?, me preguntó. El viejo se pasa todo el día caminando por el pueblo, hablando con los vecinos. Falta agua, me dijo. Está todo seco. Tiene los pantalones manchados y las alpargatas rotas. Hace mucho que no había una seca como esta. Si sigue así, señor, se va a perder toda la cosecha. Tiene razón, los cultivos apenas sobreviven gracias al rocío. Tiene unos anteojos muy gruesos y sus ojos se ven muy chiquitos detrás de los cristales. Pero si no llueve pronto, se muere todo, don. Bah, no sé, al menos eso pienso yo, no sé si usted será del mismo pensamiento. Detrás pasaban unos galgos. Los imaginé con los ojos completamente blancos, feroces. Montados sobre ellos iban unos niños con la ropa hecha jirones, andrajosos y sucios, con la mirada perdida, drogados o quizás ya muertos. Yo tenía campo hace mucho, pero ahora ya estoy viejo, vio, ya no me da el cuerpo. Todavía lo tengo, pero lo arriendo y así voy tirando, saco unos pesitos para comer y para los remedios. Los niños se daban vuelta y miraban hacia acá. Sus ojos también eran blancos. Llevaban palos y gomeras. En otro tiempo lo trabajábamos con mi padre y mis hermanos, pero ahora ya murieron, hace mucho, quedé yo solo, y ya no estoy para el trabajo del campo. Es muy duro trabajar la tierra, vio. En ese momento, si los niños quisieran, podrían acercarse y rodearlo, morderlo, quitarle la carne a pedazos y darles los huesos a los galgos. Pero no son así las cosas. Hay algo que resiste, una tela invisible que mantiene el mundo a salvo, secándose lentamente, sobreviviendo apenas con el agua del rocío, pasando un invierno tras otro bajo las frazadas, o escondido entre la leña, hasta que no queda nada más, y entonces lo ocultamos debajo de la tierra para que los chimangos y los galgos no se disputen los huesos, o se los disputen allí abajo, lejos de la mirada, lejos de nuestras conversaciones. Eso pensaba mientras el viejo se iba. Apenas si podía caminar. Pobre viejo.


[ENG - Translated with Deepl]

8/04/2018

The first frosts are approaching. The mornings are getting colder and colder and dew is covering the plants until several hours after sunrise. I guess that's an important thing for nature. The time to take shelter, to stay still, to sleep under the earth or a stone, inside an old piece of furniture, in a corner among the flowerpots. For me, however, it's hardly anything. I put on warmer clothes and go out to get wood for the stove. I close the windows and the curtains. I stay in bed until later. I make myself hot drinks. Basically it's the same thing: to keep out the cold until the first glimpses of spring. But for me it's not an event; it's just a nuisance, one more annoyance to carry out the same as always: work, housework, the fight against a world that insists on dirtying the floors and messing things up, on filling the ceilings with spider webs and hair with grease, on germinating plants I don't want in places I didn't designate for them. At least in winter I don't have to cut the grass. That's the good part about frost. It's a chore I dislike. Having to take the machine out of the shed, fill up the gas tank and walk from here to there adapting nature to our idea of neatness and beauty, the grass like a carpet, a place where we can lie down in the evenings and watch the antennas and the windmills, the airplanes pass over and over again, flying low, with a tank full of poison to spray the fields.
The bad part of the frost is that we have to protect the trees and plants we love; some because they are too small, others because they are not adapted to this climate. We cover them with a frost cloth, both the top and the trunk. It is a task that takes several days. And so they spend the winter, like ghosts in the fog, barely illuminated by the moonlight or by the faint and distant lamps of the street lighting. Sometimes I wish they were real ghosts. At least that would be something. Or that they would turn into zombies and claw at the door. Then we'd have to dust off the shotgun, hide in the basement, and stay up all night, waiting for them to break down the door and blow their heads off. But nothing happens in this town. Only the teros shrieking when I approach, the chimangos watching me from the top of some post, the dogs looking for food among the weeds.
Today old José stopped on the other side of the fence. How is it going, my friend," he asked me. The old man spends all day walking around town, talking to the neighbors. There's no water, he told me. It's all dry. His pants are stained and his espadrilles are torn. It's been a long time since there's been a drought like this. If it goes on like this, sir, the whole harvest will be lost. He's right, the crops are barely surviving thanks to the dew. He has very thick glasses and his eyes look very small behind the lenses. But if it doesn't rain soon, everything dies, don. Bah, I don't know, at least that's what I think, I don't know if you are of the same opinion. Some galgos were passing behind. I imagined them with their eyes completely white, fierce. Mounted on them were some children with their clothes in tatters, ragged and dirty, with a lost look, drugged or maybe already dead. I used to have a field a long time ago, but now I'm old, you see, I can no longer manage it. I still have it, but I rent it out and that's how I make some money for food and medicine. The children turned around and looked this way. Their eyes were also white. They carried sticks and rubber bands. At one time we used to work it with my father and my brothers, but now they have been dead for a long time, I am left alone, and I am no longer able to work in the fields. It is very hard to work the land, he said. At that time, if the children wanted to, they could approach him and surround him, bite him, tear his flesh to pieces and give the bones to the galgos. But that's not the way things are. There is something that resists, an invisible fabric that keeps the world safe, drying slowly, barely surviving on the water of the dew, spending winter after winter under the blankets, or hidden among the firewood, until there is nothing left, and then we hide it under the earth so that the chimangos and the galgos don't dispute the bones, or dispute them down there, far from sight, far from our conversations. That's what I thought as the old man walked away. He could barely walk. Poor old man.


Entonces, decidí mezclar algo de prosa con poesía... Pueden leer las partes anteriores en estos enlaces:

So, I decided to mix some prose with poetry.... You can read the previous parts in these links:

Primera parte | Part One
Segunda parte | Second part


La fotografía es de ArtTower en Pixabay. Gratis para usos comerciales, sin reconocimeinto.

The photograph is by ArtTower on Pixabay. Free for commercial use, no acknowledgement.

Sort:  

Es una lectura encantadora, la falta de espacios en el texto sugiere una sensación de pensamientos vertiginosos como imagino ha de ser el vuelo en picada del pájaro en el título.

¡Muchas gracias! Me alegro que lo hayas relacionado con el pájaro del título, que está siempre allí aunque no se lo mencione en el texto; ya veremos cómo se van desarrollando sus múltiples significados. ¡Saludos!

Saludos y abrazos! Espero la próxima entrega!


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